Asociacionismo juvenil y participación social

¿Cómo está el tema sobre asociacionismo juvenil y participación social?

¿Cómo está el tema sobre asociacionismo juvenil y participación social?

Asociacionismo


Los datos nos indican que las tasas de asociacionismo juvenil se mantienen en torno a 1/3 de la población joven entre 15 y 29 años. Y si atendemos a la evolución de las tasas de asociacionismo a lo largo de la última década, comprobamos que este dato ha aumentado ligeramente (en 1988 la juventud asociada era de un 33,9% y en el 2000 este porcentaje había crecido hasta un 37,4%). Eso sí, los chicos se siguen asociando más que las chicas: un 43,6% y un 31% respectivamente.

Estos porcentajes no llegan a alcanzar sin embargo las tasas de asociacionismo juvenil de los países de nuestro entorno, y deben ser matizados, ya que incluyen a los y las jóvenes pertenecientes a asociaciones y grupos deportivos.

A pesar de que estos datos no son del todo negativos, en términos de crecimiento cuantitativo del movimiento asociativo juvenil, nos seguimos preguntando cuáles son los factores clave que impiden que más personas se sumen a nuestros proyectos. Los y las jóvenes manifiestan que el principal incentivo que podría conducirles a una asociación es el «empleo del tiempo libre en actividades que les gusten». Así, las principales motivaciones para participar en una asociación están relacionadas con la satisfacción de sus propias necesidades («sentirse útil, estar con personas que piensan igual o poder defender mejor determinados derechos»). Este perfil se complementa con los de asociado-consumidor y asociada-consumidora, que buscan disfrutar de determinados beneficios que aportan las asociaciones.

Y si atendemos a las razones por las que actualmente muchos y muchas jóvenes no pertenecen a ninguna asociación, descubrimos que hay una parte importante quienes nos podemos acercar si somos capaces de hacer que descubran los beneficios de la participación, si se lo proponemos con un mensaje claro, si reconocemos su aportación.

Esto nos conduce a analizar las posibilidades de crecimiento del asociacionismo juvenil desde dos perspectivas: la necesaria renovación de nuestras propias entidades y el necesario apoyo a las mismas desde la Administración, el sistema educativo, los medios de comunicación y el sector privado.

El rápido crecimiento —en términos cuantitativos y cualitativos— de las organizaciones sociales del tercer sector en España ha introducido una serie de debates relacionados tanto con su dimensión interna como externa: ¿cómo combinar eficacia social y participación? ¿Cómo facilitar la convivencia de los y las profesionales remunerados y remuneradas y los socios y las socias, voluntarios o voluntarias o militantes? ¿Cómo mejorar la capacidad de gestión? ¿Cómo equilibrar la dependencia financiera de los organismos públicos con la autogestión y autonomía asociativas?

Este debate afecta de igual manera, aunque con algunas peculiaridades, al sector asociativo juvenil. Las asociaciones juveniles son heterogéneas, diversas, plurales, diferentes entre sí y están presentes en multitud de campos de acción y temáticos (vecinales, de tiempo libre, sindicales, políticas, culturales, de reivindicación de derechos, socio-educativas…). A la luz de varios estudios relacionados con la dimensión interna de las entidades juveniles, podemos realizar una aproximación a las características que comparten.

 

Los recursos humanos


Las personas que componen las entidades juveniles van desde los y las activistas (con una gran dedicación) hasta quien colabora esporádicamente, los asociados y las asociadas de cuota (que pagan y no participan) o los equipos técnicos. Sin duda, generar mecanismos de trabajo que garanticen una comunicación interna fluida entre todas estas personas es imprescindible para asegurar el éxito del proyecto asociativo, así como su participación real.

Asimismo, una cuestión constante en los debates relativos a la continuidad asociativa es el relevo generacional. Dicho relevo requiere estructuras horizontales y poco personalistas, donde las funciones y las tareas sean distribuidas y delegadas, y donde el conocimiento se quede en la organización, evitando que se vaya con cada renovación de cargos. La incorporación de mecanismos de democracia participativa constituye un camino que habrá que explorar para garantizar la participación y el relevo.
 


Los objetivos y las actividades


En términos generales, y a pesar de las diferencias entre asociaciones, podemos afirmar que existe un objetivo general (implícito o explícito) que está detrás del trabajo de cualquier entidad juvenil: la construcción de ciudadanía, donde dichas entidades se convierten en verdaderas escuelas de ciudadanía. Asimismo, otro rasgo común a los objetivos del movimiento asociativo es la voluntad de cambio, de transformación social que todas ellas se plantean en un sentido u otro.

Más allá de este objetivo general, parece que existe una necesidad urgente de revisar los objetivos que se plantea cada asociación, con el fin de adaptarlos a una realidad rápidamente cambiante y de ajustarlos de manera más precisa a las necesidades de los destinatarios y las destinatarias de la acción asociativa. Esto implica la necesidad de contar con mecanismos de análisis de la realidad social y de la realidad juvenil, que proporcionen a las entidades una visión en permanente actualización sobre lo que ocurre a su alrededor.

También podemos señalar que se ha producido un notable incremento de las actividades realizadas por las entidades, que ha ido por delante de los recursos necesarios para realizarlas (económicos, organizativos y técnicos). El reto fundamental que esto plantea es la necesidad de mejorar la conceptualización de estas actividades en función del proyecto asociativo y la planificación de estas actividades.

En términos generales, las actividades se centran en los siguientes aspectos: información, orientación y asesoramiento, formación, sensibilización social y acción educativa, intervención directa, actividades lúdicas, socioculturales y de ocio y tiempo libre, reivindicación de derechos y denuncia de injusticias.

 

Los recursos materiales


Por un lado, existe una queja prácticamente unánime sobre la escasez de recursos de las entidades juveniles. Esto se ve agravado por el hecho de que un porcentaje muy elevado de su financiación procede de instituciones públicas, las cuotas de los asociados y las asociadas y la financiación privada representan un ingreso marginal. En términos de sostenibilidad del proyecto asociativo, este esquema de financiación representa un alto riesgo para una gran mayoría de entidades juveniles, que pueden ver peligrar su continuidad en caso de una reducción drástica de los ingresos provenientes de las Administraciones.

Pero éste no es el único obstáculo que identifican las propias entidades juveniles al analizar sus necesidades de recursos materiales. La práctica inexistencia de espacios físicos de reunión, de locales para las asociaciones, introducen muchas incertidumbres a la hora de plantearse poner en marcha una asociación, o de vislumbrar con claridad las posibilidades de continuidad de una existente.

 

Las relaciones externas


Las relaciones externas de las entidades juveniles se basan en dos pilares: por una parte, sus relaciones con la Administración, y por otro lado, las relaciones que se generan entre ellas mismas.

Refiriéndonos a las primeras, éstas se perciben como relaciones desiguales, fundamentadas en el hecho de que los poderes públicos no asumen de forma coordinada e intensa el fomento de la dinamización social a través del apoyo al asociacionismo juvenil. En general, las entidades juveniles son miradas desde las Administraciones públicas con cierto grado de desconfianza, que se refleja en un elevado nivel de burocracia y control. Asimismo, es necesario invertir muchos esfuerzos de interlocución para garantizar que el proyecto asociativo no deba supeditarse a las prioridades coyunturales establecidas desde los poderes públicos.

En términos de coordinación interasociativa, la práctica totalidad de entidades juveniles pertenecen a alguna entidad de segundo, e incluso de tercer grado (plataformas, federaciones, consejos de juventud). Esta coordinación se basanormalmente en fórmulas representativas, que no implica necesariamente el refuerzo del conocimiento de otras realidades asociativas ni el trabajo conjunto en iniciativas concretas.

Por último, queremos proponer un modelo de participación asociativa que contribuya a plantear nuevos y renovados caminos para nuestras asociaciones ante los retos, las disyuntivas y los obstáculos que citábamos anteriormente.

La participación de las personas en las entidades juveniles se asienta sobre tres factores que condicionan y a la vez posibilitan dicha participación:

  • La motivación, es decir, que se quiera participar, que se sientan como propios los objetivos colectivos, que se sientan parte de un grupo que camina en una dirección común y que los esfuerzos de cada una de las personas miembro tengan un impacto positivo en la consecución de las metas.
  • La formación, es decir, que se sepa participar, desarrollar las tareas y actividades, que se aprenda a trabajar conjuntamente y se consiga organizar y mantener la participación.
  • La organización, es decir, que se pueda participar efectivamente, a través de los medios existentes para tomar parte en la acción, la comunicación, la gestión o la toma de decisiones.


Éstos son tres requerimientos básicos de cualquier forma de participación. Pero la participación asociativa debe atender además a los cuatro elementos configuradores de una organización, que garanticen que exista un equilibrio adecuado entre ellos:

  • Una definición clara de la misión y los objetivos de la organización que reflejen los valores que se pretenden promover.
  • Unos medios adecuados para la consecución de los objetivos, que garanticen la sostenibilidad de la organización.
  • Unas relaciones entre sus miembros basadas en la horizontalidad y en la lógica cooperativa, que permitan definir claramente los canales de comunicación interna y los roles que cada uno y cada una tienen atribuidos.
  • Unas relaciones externas, cuyo objetivo sea alcanzar un mayor impacto social del proyecto asociativo, y que pongan en contacto a la organización con la realidad en la que trabaja y con otras organizaciones con las que aprender y compartir. 


 

Participación social


El buen funcionamiento de las sociedades democráticas depende de que exista una minoría suficiente de demócratas activos y responsables que las mueva.
R.H.S. Crossman
 

Desde la configuración de las democracias liberales, el indicador de esa minoría suficiente de demócratas activos y activas ha sufrido modificaciones en función de diferentes concepciones ideológicas del modelo de sociedad. Así, hemos asistido durante los siglos xix y xx a la progresiva ampliación de los derechos políticos y civiles a diferentes grupos y colectivos. No obstante, nuestra realidad socio-política, con un aumento progresivo de la población inmigrante, exige seguir desarrollando fórmulas de inclusión y de reconocimiento de estos derechos.

Nos obstante, la ciudadanía no consiste únicamente en «tener» derechos, sino también en «tener la capacidad y las oportunidades efectivas» que garanticen su ejercicio.

En este momento, desde la idea de la necesaria superación de los modelos de democracia representativa, afirmamos la necesidad de que esa minoría suficiente de demócratas activos y activas (que quieren, saben y pueden ejercer su derecho a participar en la construcción social), se amplíe hasta alcanzar a la totalidad de ciudadanos y ciudadanas.

Los datos sobre la participación ciudadana reflejan una doble realidad: por un lado, la escasa cultura participativa es una de las principales debilidades de nuestro sistema democrático (bajos índices de participación social y política); y por otro lado, la desafección hacia las formas tradicionales de participación sitúan a la participación cada vez más fuera del sistema (transformación de las formas de participación).

En esta cuestión sobre la realidad de la participación, tiene una especial incidencia la edad. La participación política es seguramente el espacio donde esta desafección se hace más evidente, pero es sin duda la punta de un enorme iceberg. Algunas de las razones que nos permiten explicar este alejamiento de los y las jóvenes del fenómeno de participación son las siguientes:

  • Cambios en las formas tradicionales de socialización, donde la familia tradicional pierde peso en relación con otros factores como el grupo de amistades o los medios de comunicación.
  • Suburbanización: las ciudades se han deshumanizado, haciendo interminables los desplazamientos y el acceso al puesto de trabajo o al lugar de estudios; el tiempo es un bien cada vez más escaso, y como consecuencia, desplaza el interés hacia la utilización del tiempo libre en participar. En el ámbito rural, esto tiene otra cara: las exigencias del mercado de trabajo provocan que de forma, muchas veces involuntaria, los y las jóvenes se vean en la obligación de desplazarse de su lugar de origen a las ciudades. El mundo rural se despuebla, sin ofrecer alternativas reales que garanticen un determinado nivel de calidad de vida, y el efecto de todo ello es el desenraizamiento.
  • Transformación de los partidos políticos en máquinas electorales, donde el objetivo central es la consecución del voto y no tanto la construcción participativa junto con la ciudadanía de un proyecto político. Asimismo, estas organizaciones se han hecho más impermeables a las demandas de la ciudadanía, cuya participación se sitúa cada vez más fuera del entorno institucional.
  • Profundas transformaciones en nuestras sociedades del trabajo, donde éste deja de ser el elemento configurador de la identidad de una persona, y se convierte en un elemento de inestabilidad y precariedad. Esta incertidumbre hace que el tiempo vital esté ocupado por las exigencias del mercado de trabajo y el compromiso cívico y la participación se conviertan en una anécdota del fin de semana.
  • Contexto cultural dominado por ideologías que acentúan la responsabilidad de las personas sobre su propia posición social, lo que determina en última instancia el predominio de valores individualistas y contrapuestos a la lógica de la solidaridad y la cooperación.

La participación social entendida como mecanismo de intervención en la realidad para transformarla, para hacerla más justa, más igualitaria, más tolerante, etc. se enmarca necesariamente dentro de un ámbito territorial concreto (que puede gravitar desde el barrio hasta el estado-nación), donde las personas que viven en él se reconocen mutuamente como iguales, lo que genera lazos de solidaridad.

El reconocimiento del otro o de la otra como un o una igual se ha quebrado en nuestras sociedades, limitando el grupo de «iguales» hacia quienes ejercemos nuestra solidaridad. El desarrollo del estado del bienestar ha generado una sociedad de ciudadanos satisfechos y ciudadanas satisfechas, cuya preocupación fundamental es mantener sus propios niveles de seguridad y protección social, y condena a la invisibilidad a un importante número de personas.

A esto se suma el proceso de globalización económica, política, demográfica, cultural, etc., que refuerza aún más la sensación de riesgo de las sociedades satisfechas, provocando rechazo a aquello que se percibe como una amenaza al propio bienestar (como los flujos de inmigración o el acceso a los sistemas de protección social de población excluida).

Sin embargo, el desarrollo de una sociedad global interdependiente, con lazos de confianza interpersonal fuertes y socialmente justos, exige el impulso de una ciudadanía global responsable, que asuma que el desarrollo de unas personas está vinculado al desarrollo de otras personas.

A pesar del desencanto y el alejamiento de la política y de los bajosniveles de participación que describíamos anteriormente, hay multitud de temas que se están incorporando a la agenda política desde amplios sectores de la sociedad civil. Las formas de participación que se sitúan en la periferia de los sistemas políticos son los protagonistas de la visibilización de temas como la protección del medio ambiente, la extensión de los derechos humanos o la defensa de la diversidad.

Sin embargo, es importante destacar que la reivindicación de otro modelo de sociedad, donde todos y todas tengamos no sólo el derecho a participar efectivamente en su construcción, sino también una estructura de oportunidades adecuada para hacerlo, debe ser coherente con la idea de que el desarrollo de las sociedades no es trasladable al conjunto de la población mundial en términos de sostenibilidad. Por lo tanto, la lucha por la construcción de otro mundo debe ir aparejada a una profunda reflexión sobre la necesidad de redistribuir el poder, los recursos o el conocimiento de manera equitativa.

Así, el necesario impulso a la participación social debe basarse tanto en un cambio de la cultura cívica y participativa, como en una transformación de los paradigmas y las estructuras de participación existentes.

Más allá del debate sobre la estructura (de valores y de mecanismos) que sostienen la participación, es necesario hacer también una mención a las formas en que cada uno y cada una participan.

¿Afiliación, voluntariado, militancia...? Al margen del debate conceptual sobre estos términos, consideramos que cualquier forma de acción colectiva, de participación social, tiene el objetivo último de contribuir a la toma de conciencia ciudadana, a la emancipación de todas las personas, a la lucha por la dignidad humana. Lo relevante por lo tanto no es si la participación social se traduce en movilizaciones masivas, en proyectos de desarrollo o en transmisión de valores, sino de qué manera las diferentes formas de participación social se complementan entre sí generando sinergias y provocando procesos de cambio y desarrollo social.

Si la ciudadanía nos descubrimos responsables de lo que nos ocurre a todos y todas y tomamos conciencia de nuestra situación, si somos capaces de cuestionar nuestros intereses y ponerlos al servicio de la colectividad, si las instituciones se suman a este esfuerzo alentando la participación, entonces será posible recuperar el poder de una ciudadanía incluyente para el fortalecimiento de nuestras sociedades democráticas.